El principio de una bonita y "normal" amistad
Mi nombre es Laura Martínez, tengo catorce años y mi vida era bastante aburrida antes de cambiarme de colegio. Desde el segundo día de clase en La Inmaculada-Marillac, mi existencia en este mundo empezaba a tener sentido.
Os voy a contar la historia de mi mejor amiga, Marina, una niña de mi edad, inteligente, bastante mona y muy simpática; pero que en el fondo de esa chica se encuentra la verdadera Marina: traviesa, sádica y lo mejor de todo, muy graciosa. No hay ni un solo día que no te haga reír A veces lo hace sin querer, suele ser patosa, como yo, y eso me gusta, es más, le gusta a todo el mundo, no hay a ninguna persona que le pueda caer mal, es imposible.
Empezaré por el día en que nos conocimos. Yo tenía doce años y empezaba primero de secundaria en un nuevo colegio.
El primer día me fue bastante bien. Unas chicas que llevaban varios años en este colegio me recibieron adecuadamente y no fue un día incómodo, como creía que iba a ser.
Al día siguiente llegué tarde a clase. El reloj del colegio va unos minutos adelantado y no calculé bien la hora a la que tendría que salir de casa para llegar puntual. Me senté en mi sitio y atendí a las clases, como solía hacer a esa edad. Cuando vino la tutora, le di una nota que me había firmado mi madre para que me cambiaran de sitio, más cerca de la pizarra, ya que no veo muy bien y en ese momento aún no llevaba las gafas. Me sentaron al lado de dos chicas, la de mi izquierda llevaba el pelo corto y el mismo uniforme que el mio; y la de mi derecha tenía el pelo más largo y un flequillo que le tapaba parte de sus bonitos ojos, llamada María.
Me sentía un poco rara todavía, no conocía absolutamente a nadie.
Entonces, ocurrió lo que menos me habría imaginado en toda mi vida. La chica de mi izquierda, Marina, me miró, y yo, por acto reflejo, la miré también. Entonces dijo la siguiente tontería:
- ¡Tú, chusma de conejo!
Fue el peor comentario que me habían hecho en mis doce años de mi vida. No supe como reaccionar, solo quise defenderme, y lo primero que me vino a la cabeza lo dije en alto:
- ¡Y tú chusma de tortuga!
Supongo que no es la mejor respuesta para aquel insulto, pero funcionó, porque nos reímos las dos y lo primero que pensé fue que era el principio de una bonita y rara amistad.
Desde ese momento, Marina es mi tortuga y yo soy su conejo. Y ésta es la primera tontería de miles que hemos hecho juntas.
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