Eran las tres de la tarde y las clases ya habían acabado. Marina y yo nos entretuvimos un poco y salimos las últimas de clase.
Bajamos corriendo las escaleras y entonces Marina se paró y yo me quedé esperando a que reaccionase.
Entonces dijo:
-¡Ay Laura, déjame! ¡Suéltame! ¿Qué haces?
No sabía de que me estaba hablando, no la estaba ni tocando. Y no entendía porqué no se movía:
-Pero Marina, ¿quieres moverte?
Estuvimos así durante unos segundos. De repente me di cuenta de que la mochila se le había quedado enganchada en la barandilla de las escaleras, y entendí en seguida porque no se podía mover.
Se lo dije mientras me partía de risa. Desenganchamos la mochila y seguimos bajando las escaleras sin dejar de reírnos.
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